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23 de noviembre de 2011

CINE GORE:
El vocablo inglés "gore" significa en español "sangre". De ningún modo se puede definir mejor este género, en el que lo importante es mostrar el mayor número de mutilaciones, tripas y litros de sangre. Por supuesto, no siempre se limita a esto, y si bien muchas películas muestran la sangre como único reclamo, otras han usado el gore como vehículo de expresión artística, de crítica social, de elemento terrorífico, o incluso como elemento principal de las más hilarantes comedias. Para entender como se origina el gore, debemos remontarnos a mediados de los años 40 en los EEUU. Las grandes compañías cinematográficas habían formado lo que se conoce como el "Studio System", con el que controlaban todos los aspectos relacionados con el cine: producción, distribución y exhibición. Ni que decir tiene que sin la existencia del mercado del vídeo o la televisión por cable, no había sitio para ninguna producción independiente. En 1949, la Corte Suprema declara que los estudios están realizando prácticas monopólicas con este sistema, y les fuerza a renunciar al control de los cines.
Eso lleva a las compañías a cambiar su estrategia. Ahora debe competir para colocar sus películas en las salas, por lo que se centran en las grandes producciones, abandonando la producción de serie B. Este es en un principio el mercado que persiguen las producciones independientes. Lo facilita el reconocimiento de la libertad de expresión en las películas, que la misma Corte Suprema ratifica en 1952. Se dejan atrás fuertes censuras, lo cual es la punta de lanza del inicio de los nudies, films cuyo atractivo era la muestra de piel femenina, cuyo primer ejemplo fue The Immoral Mr. Teas (1959), dirigido por Russ Meyer, que recaudó la entonces sorprendente cifra de 1 millón de dólares. Cuando el género se satura, hay que buscar un nuevo reclamo. La pareja productor/director formada por David F. Friedman y Herschell Gordon Lewis lo encuentra en la sangre: crean Blood Feast en 1963, iniciando todo un género. Tras el éxito, la pareja no tarda en repetir la experiencia con 2000 Maníacos (1964) o Color Me Blood Red (1965).
Por supuesto, al igual que en los nudies, muchos otros se subieron al carro, entre los que destacan Andy Milligan -The Ghastly Ones (1968), Bloodthirsty Butchers (1970)- o Ted V. Mikels -the Astro Zombies (1967), the Corpse Grinders (1972)-. También al igual que los nudies, el gore (o splatter, como se prefiera) se agota, consumido por la saturación de títulos. Es el momento de una nueva generación, que toma el gore no como un fin sino como un medio, una herramienta que sirva al objetivo de sus films, ya sea el terror, la parodia o la crítica. Tal es el caso de George A. Romero y su film de 1968 la Noche de los Muertos Vivientes (donde el gore tiene una presencia más implícita), John Waters -Multiple Maniacs (1970); Cosa de Hembras (1974)-, o Tobe Hooper, quien firma en 1974 la Matanza de Texas. Otros incluían el gore dentro de sus mundos de ficción, como Russ Meyer en Supervixens.
CODIGO FUENTE:
Nada más empezar, vemos una panorámica aérea de Chicago y sus alrededores, todo ello envuelto en una especie de halo blanco, turbio, junto con una banda sonora intrigante, y parece que ese va a ser el tono y el ritmo de la película.

El protagonista aparece en un tren, sin saber quién es ni qué hace allí, es todo muy extraño. Conforme va desarrollándose la trama, te das cuenta de que vas a ver las mismas situaciones vez tras vez, lo cual resulta bastante cansino porque no tienen nada de imaginativo, son calcadas. El protagonista bien podría haber vuelto al tren 200 veces para atrapar uno por uno a los 200 pasajeros hasta haber encontrado lo que buscaba.

Es arriesgado realizar una película con viajes en el tiempo, y si además estos viajes son múltiples, entonces mucho más. Resulta complicado explicar en el tiempo que dura una cinta la física cuántica necesaria para comprender lo que esbozan (en mi caso necesitarían meses), y es por esto que se dedican a dar cuatro pinceladas que, en ocasiones, son ridículas e inútiles.

Y después de haber trenzado una historia cuasi plausible, y de haber creído (nosotros) lo que nos contaban, su fácil final nos vuelve a hacer dudar de todo lo anterior. A veces es mejor provocar a la imaginación del espectador dejando cabos sueltos que tratarle con condescendencia y rodarle un final sensiblero dificilmente creíble.