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8 de febrero de 2012

SPLICE

DREN
 Vicenzo Natali,  novel director revelación que sorprendió al mundillo del fantastique con su magnífica ópera prima “Cube”. Ahora nos descubre un film mucho menos revolucionario pero igualmente perturbador, adscrito al consabido subgénero de las criaturas de laboratorio rebeldes a sus “mad doctors” creadores, con evidentes ecos a producciones Hammer como “Frankenstein creó a la mujer” (Terence Fisher, 1967).


Los FX son espléndidos, con unos diseños de los diferentes estados del ser realmente fascinantes y originales. Destaca también un marcado carácter realista dentro de sus parámetros de film de temática fantástica en muchos detalles, como en el hecho de que absolutamente todo el instrumental y el laboratorio genético que vemos, son reproducciones de material científico real. La puesta en escena destila aires clásicos y su fotografía es magnífica, con un próvido uso del encuadre y un perfeccionismo formal que desgraciadamente no se aplica al irregular guión, que tiene sus altibajos con un desarrollo tambaleante, sobre todo en su segunda mitad. A pesar de esto, el film plantea cierta incomodidad ética y estética en su tratamiento que la convierte en una de las producciones con más meollo de la última ciencia ficción.


“Splice” nos ofrece la historia de los instintos y los impulsos que rigen las decisiones y comportamiento de su trío protagonista: Clive (Adrien Brody) brillante genetista que cede a su ambición y Elsa (Sarah Polley), igualmente genial en su campo de investigación pero aún menos precavida que su compañero sentimental, desatarán el experimento que resultará en la creación de Dren (Delphine Chaneac), imposible ser quimérico cuyo mutante y desconocido metabolismo depara a través del metraje una sorpresa tras otra.


Natali parece advertirnos que a pesar de nuestra inteligencia, de los avances científicos de los que somos capaces, de poseer las grandes claves que abren las puertas a los mapas de la vida, nuestra iniquidad existencial nos avoca indefectiblemente al acto destructivo. Tratar a Dren como experimento, como prisionera, como monstruo, cediendo a los impulsos egoístas y los intereses lleva al caos y a la catástrofe.


Dren obedece a su imperativo instinto de reproducción y supervivencia frente a unos padres que no saben cómo lidiar con su incomprendida e incomprensible criatura, limitándose a aislarla del mundo exterior, utilizarla y observar, y esta se revela por su libertad y su instinto, mediante su desconocido e intratable poder depredador. Un trágico triángulo de amor bizarro, disfuncional e inquietante en el que las fronteras del bien y del mal se desdibujan en un fresco que agradará a los aficionados a la ciencia ficción más reflexiva y menos rimbombante.