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14 de enero de 2012

EL AMERICANO

Jack, de profesión asesino a sueldo, recala en un pueblecito italiano en mitad de la nada buscando esconderse del mundanal ruido toda vez que su último encargo no ha salido como estaba previsto. Alejado de los quehaceres de su solitaria aunque bien remunerada vida profesional, poco a poco irá descubriendo las posibilidades de una existencia alternativa más gratificante, saludable y, sobre todo, ausente de toda violencia, lo que le llevará a tomar una, cinematográficamente hablando, inevitable decisión: el próximo encargo será el último... Este viene a ser el argumento de este "americano", un film cuyo título por cierto remite a un western protagonizado por Glenn Ford en 1955. ¿Y a que su punto de partida, dejando de margen algún detalle suelto, suena un tanto familiar?.

Efectivamente, la base sobre la que se sustenta el segundo largo de Anton Corbijn ('Control') no es para nada una novedad, aunque a su favor cabría matizar que se inspira en una novela publicada en 1990. Si partimos de unas cartas marcadas, la pregunta reside en el cómo se han movido estas sobre la mesa para saber si el juego merece la pena. Así pues, ¿que se ofrece de nuevo al margen de deleitarnos con el para nada desdeñable cuerpo serrano de Violante Placido? Poca cosa más, la verdad, al margen de un film modélico cuyo visionado resulta tan convincente como irrelevantes son sus resultados al final. En resumen, un largometraje que puede resultar tan correcto como prescindible, y un allá usted en toda regla al que en todo caso le podemos etiquetar un "para fans de Clooney" por salir al paso.

En "otra" vida Corbijn era fotógrafo. Hasta que se cansó y decidió probar suerte en el mundo del cine buscando en la narrativa un reto añadido que no fue capaz de saciar con los videoclips que dirigió para grupos como Depeche Mode o Nirvana. Y no cabe duda de su experiencia con los encuadres y las composiciones, algo que se evidencia en la elegancia formal de la que hace gala 'El americano', un film de un notable acabado visual gracias a la discreta belleza y naturalidad de sus encuadres, sobre todo, en el empleo de la luz dentro de los mismos, alejada del gusto esteticista del que suelen adolecer los excesos de otros "importados" al "mundillo" y en el que la imagen es usada para dar forma y cobijo a su argumento. Al margen y por suerte Corbijn sabe manejar bien los tiempos, los diversos elementos que hay en escena y a sus actores, demostrandose conocedor de que sin un fondo adecuadamente modelado el marco carece de interés, cumpliendo con la exigencia de narrar un historia que si bien puede pecar de predecible y tópica no deja de estar bien contada.